- Mamá, ¿quién es más grande? ¿Rubén o yo?
Vaya. Llegó el día. Es de las pocas cosas que ha sucedido según lo previsto ya en el embarazo y, por una vez en la vida, la preguntita me pilla con la respuesta preparada de hace mucho:
- Sois iguales, Óscar. Nacisteis el mismo día.
- Pero, ¿quién es más grande?´
- Igual, cariño. Estuvisteis juntos en la tripa de mamá, y salisteis el mismo día.
- Pero, ¿quién es más grande?
Me lo temía. Óscar está entrando en un bucle. Respiro hondo y renuncio a repetir la respuesta que me parece más normal porque sé por experiencia que, a pesado, me gana por goleada.
- Mira, Óscar: a Rubén lo sacó antes el doctor, pero tú saliste en seguida, y además pesaste un poquit más. Sois iguales.
- No, mamá, yo salí antes.
- Que no, Óscar. Fue Rubén. Pero, ¿a que a ti te llaman siempre antes en clase?
- Sí.
(es retorcido, lo sé, pero en su día decidimos que el primero en nacer sería el segundo por orden alfabético, precisamente para prevenir problemas de estos...).
Rubén había estado callado hasta ese momento, pero entonces empezó a reclamar su primogenitura:
- Óscar, yo nací primero.
- No, Rubén, yo soy más grandeeeee, y peso más... (mentira: está hecho un tirillas y desde los seis meses su hermano pesa más)
Cómo hacerles entender que el principado de Asturias ya tiene dueños, tanto presentes como futuros, y que importa un pito quién nació primero. Así que al final tuve que sacar la vena dictatorial:
- Ya está bien, chicos. Rubén nació antes, y Óscar es el primero en la lista de clase, pero eso no importa porque ¡los dos nacisteis el mismo día y estabais juntos en la barriga de mamá!
Pero los ánimos ya estaban exacerbados:
- ¡Nooo, yo no estuve en tu barrigaaaa!
- Que sí, Óscar, ¡claro que estuviste! Con Rubén, ¡los dos juntitos! Por eso sois mellizos.
- Pero mamá: entonces, ¿quién es el más grande?
Bendita a la amiguita del cole que se cruzó en nuestro camino para sacarme de ese dejavú. Y es que los niños tienen eso: que siempre sorprenden. Te sorprenden con preguntas que no esperan, y te sorprenden también con las que esperas, sobre todo cuando la respuesta es ambigua, como es el caso.
Personalmente yo no considero que tenga un "hijo mayor" o un "hijo menor". Menuda faena para el "primogénito" tener que cargar con la responsabilidad de "cuidar" de un hermano que nació un minuto después. Pero siempre me sorprendo cuando algunas personas te lo preguntan como si les fuera en ello la vida.
¿Rol de mayor y rol de menor? Depende de la circunstancia. Rubén suele plantarse muy preocupado delante de mí diciendo que espere a Óscar cuando echo a andar sin mirarle porque al señor no le da la gana de venir. Óscar a veces le dice a su hermano que coja aquel objeto que le acabamos de decir que no debe tocar (y el otro cae). Uno protege, el otro manipula. ¿Quién hace de mayor? Ni idea. Total: que cuando vuelvan a preguntarme creo que escurriré el bulto con algo así como que no tengo manera de saber cuál de los dos óvulos fue fecundado primero, ni cuál se implantó antes en la matriz. No entenderán ni jota, pero con algo de suerte cambiarán ellos solitos de tema. Que es de lo que se trata. ¿O no?
martes 24 de enero de 2012
domingo 15 de enero de 2012
¿Heredamos la felicidad?
LUIS MIGUEL ARIZA 15/01/2012
Fuente: www.elpais.com
El gen 5-HTTLPR tiene mucho que ver con nuestra actitud ante la vida. Al menos esa es la conclusión de estudios realizados con gemelos separados al nacer y que confirman que, independientemente de la vida que le haya tocado a cada uno, ambos comparten niveles de alegría similares. La explicación al fenómeno la buscan en la predisposición genética. ¿Se nace o se hace? Según estos científicos, los gemelos idénticos comparten mucho más que el parecido.
Fuente: www.elpais.com
domingo 18 de diciembre de 2011
lunes 28 de noviembre de 2011
LA ODIADA "TRIPLE G"
Septiembre. Mis peques tienen tres años y, mira por dónde, ya empiezan "en el cole de los grandes". El primer día su papá y yo rezumamos de emociones que iban desde el orgullo (pero ¡qué absurdo! Si a los tres años iban a llegar a poco que pusiéramos de nuestra parte) y nerviosismo.
Y allá que te van nuestros campeones: la primera tarde Rubén llegó tan agotado que se durmió antes de llegar a casa. Como era de esperar de niños que han ido a la guardería, la adaptación les fue muy bien. Casi se tuvo que adaptar antes su madre que ellos: nuevos horarios, nuevos preparativos, nuevas obligaciones. Y como los peques lo llevaban tan bien, decidimos llevarlos al comedor (el "menjador") una semana antes de lo aconsejado, que Óscar es muy malo para comer en casa y seguro que en el cole lo despabilan.
El primer día fue bastante bien; esto está chupao. Pero el segundo día... ¡Ay! Las auxiliares del comedor ponen una notita de cómo han comido cada uno de los tres platos: primero, segundo y postre. Y las notas van de la MB de Molt Bé (=Muy Bien), R de Regular, a la G de Gens (=NADA). Rubén tenía una mezcla de MB y R, pero Óscar tenía una calificación de G-G-G; vamos, el equivalente a Bono-Basura del mercado de Deuda. Bueno. Paciencia, que nunca ha sido un gran comedor. Ya cambiará, es pronto.
¿Pronto, para mi muy cabezón Óscar?. Las siguientes semanas el niño estuvo mareando la perdiz como sólo él sabe. No hubo un solo día en que no nos trajera a casa la dichosa triple G. Empezó a estar más canijo de lo normal. Para nuestro desespero, se le empezaron a marcar los huesecillos de la columna. Y aunque ya sabíamos que estábamos entrando en su juego y que nos estaba manipulando totalmente, lo intentamos todo: desde decirle suavemente que tenía que comer, a no hacer caso durante varios días, a reñirle... Nada. El tío seguía en sus trece y seguíamos viendo invariablemente la G-G-G al lado de su nombre. Llegó un punto en que todos: papás, yayos, primos, y hasta las otras mamás del cole, estaban pendientes de si Óscar bajaba del burro o no.
La auxiliar, vecina nuestra, estaba también apurada. Lo intentaba todo: razonar con él, ayudarle, ponerle al lado de los niños más comedores... Nada. Óscar seguía como quien oye llover. Ella creía (y yo también) que, sencillamente, él había cogido el hábito de que en el menjador él no tenía por qué comer. Nos contaba que, a pesar de todo, el niño entraba tan feliz en el comedor. Se lo pasaba estupendamente viendo hacer a los demás, como si comer no fuera con él ¿Cómo atajamos eso?
Un día hice aquello que no hay que hacer jamás: amenazar con algo que no quieres cumplir. Por la mañana, muy seria, le dije que si no comía no iría a la piscina, (que le encanta y además nos cuesta un pico). Cuando vi la G-G-G por la tarde, se me rompió el corazón cuando tuve que dejarle en casa. Lo más irónico es que a Rubén, que entonces no le veía el chiste a eso de la piscina, me lo llevé sin estar él muy de acuerdo aunque él sí había comido bien. Fue como castigarles a los dos.
A Óscar le quedó tan clara la relación causa-efecto que, al día siguiente, nada más salir me vino corriendo diciendo muy ufano: "ME LO HE COMIDO TODO", y señalando el enorme MB con signos de admiración (tal era la alegría de la auxiliar). "MAMÁ, ¡HOY SÍ TENGO PISCINA!". Me dio tal vuelco el corazón, tal alegría, que volvimos a la piscina ese día. Me importó tres pitos estropear el peinado de peluquería recién estrenado: a la porra la laca, que lo primero es mi niño.
Pero tanto la auxiliar como nosotros nos precipitamos al pensar que ya estaba. El lunes siguiente don Óscar volvió a las andadas y nos trajo un nuevo G-G-G, igual que los días siguientes. Os prometo que jamás había odiado tanto tres letras juntas. Ya no sabía qué hacer. Una tarde me enfadé tanto que le eché una santa bronca delante de la profesora. Me vio tan nerviosa que me llevó a un aparte y me comentó que sí, que sabía qué pasaba, que había para preocuparse, y que la dejara a ella. Llamó a Óscar y le echó también la bronca a él. Que ella tenía a niños mayores en clase. Que los niños mayores comen en el menjador, y que si no se iba a portar como un niño grande, iba a llamar a la directora de la guardería para que se lo llevara otro año. ¡Qué lástima me dio mi niño esa tarde! Estuvo muy serio y durmió intranquilo. Suele pasarle cuando ha llevado una situación demasiado lejos, no era la primera vez que lo hacía.
Al día siguiente se rompió la monotonía: vi una R-R-G en la lista que me supo a gloria, y Óscar salió mirando a ver qué le decía. Cuando le felicitamos todos por su proeza se quedó más tranquilo y, por fin, entró en razón. Era lo que necesitaba: romper esa rutina que él solito se había creado en su cabecita, pensando que si no comía no pasaba nada (?). Desde entonces ha aparecido la combinatoria y tenemos de todo: MB, R, y G. Ya sabe que no es necesario que rebañe los platos todos los días, pero hijo: ¡que el comedor cuesta un pastón!
Y allá que te van nuestros campeones: la primera tarde Rubén llegó tan agotado que se durmió antes de llegar a casa. Como era de esperar de niños que han ido a la guardería, la adaptación les fue muy bien. Casi se tuvo que adaptar antes su madre que ellos: nuevos horarios, nuevos preparativos, nuevas obligaciones. Y como los peques lo llevaban tan bien, decidimos llevarlos al comedor (el "menjador") una semana antes de lo aconsejado, que Óscar es muy malo para comer en casa y seguro que en el cole lo despabilan.
El primer día fue bastante bien; esto está chupao. Pero el segundo día... ¡Ay! Las auxiliares del comedor ponen una notita de cómo han comido cada uno de los tres platos: primero, segundo y postre. Y las notas van de la MB de Molt Bé (=Muy Bien), R de Regular, a la G de Gens (=NADA). Rubén tenía una mezcla de MB y R, pero Óscar tenía una calificación de G-G-G; vamos, el equivalente a Bono-Basura del mercado de Deuda. Bueno. Paciencia, que nunca ha sido un gran comedor. Ya cambiará, es pronto.
¿Pronto, para mi muy cabezón Óscar?. Las siguientes semanas el niño estuvo mareando la perdiz como sólo él sabe. No hubo un solo día en que no nos trajera a casa la dichosa triple G. Empezó a estar más canijo de lo normal. Para nuestro desespero, se le empezaron a marcar los huesecillos de la columna. Y aunque ya sabíamos que estábamos entrando en su juego y que nos estaba manipulando totalmente, lo intentamos todo: desde decirle suavemente que tenía que comer, a no hacer caso durante varios días, a reñirle... Nada. El tío seguía en sus trece y seguíamos viendo invariablemente la G-G-G al lado de su nombre. Llegó un punto en que todos: papás, yayos, primos, y hasta las otras mamás del cole, estaban pendientes de si Óscar bajaba del burro o no.
La auxiliar, vecina nuestra, estaba también apurada. Lo intentaba todo: razonar con él, ayudarle, ponerle al lado de los niños más comedores... Nada. Óscar seguía como quien oye llover. Ella creía (y yo también) que, sencillamente, él había cogido el hábito de que en el menjador él no tenía por qué comer. Nos contaba que, a pesar de todo, el niño entraba tan feliz en el comedor. Se lo pasaba estupendamente viendo hacer a los demás, como si comer no fuera con él ¿Cómo atajamos eso?
Un día hice aquello que no hay que hacer jamás: amenazar con algo que no quieres cumplir. Por la mañana, muy seria, le dije que si no comía no iría a la piscina, (que le encanta y además nos cuesta un pico). Cuando vi la G-G-G por la tarde, se me rompió el corazón cuando tuve que dejarle en casa. Lo más irónico es que a Rubén, que entonces no le veía el chiste a eso de la piscina, me lo llevé sin estar él muy de acuerdo aunque él sí había comido bien. Fue como castigarles a los dos.
A Óscar le quedó tan clara la relación causa-efecto que, al día siguiente, nada más salir me vino corriendo diciendo muy ufano: "ME LO HE COMIDO TODO", y señalando el enorme MB con signos de admiración (tal era la alegría de la auxiliar). "MAMÁ, ¡HOY SÍ TENGO PISCINA!". Me dio tal vuelco el corazón, tal alegría, que volvimos a la piscina ese día. Me importó tres pitos estropear el peinado de peluquería recién estrenado: a la porra la laca, que lo primero es mi niño.
Pero tanto la auxiliar como nosotros nos precipitamos al pensar que ya estaba. El lunes siguiente don Óscar volvió a las andadas y nos trajo un nuevo G-G-G, igual que los días siguientes. Os prometo que jamás había odiado tanto tres letras juntas. Ya no sabía qué hacer. Una tarde me enfadé tanto que le eché una santa bronca delante de la profesora. Me vio tan nerviosa que me llevó a un aparte y me comentó que sí, que sabía qué pasaba, que había para preocuparse, y que la dejara a ella. Llamó a Óscar y le echó también la bronca a él. Que ella tenía a niños mayores en clase. Que los niños mayores comen en el menjador, y que si no se iba a portar como un niño grande, iba a llamar a la directora de la guardería para que se lo llevara otro año. ¡Qué lástima me dio mi niño esa tarde! Estuvo muy serio y durmió intranquilo. Suele pasarle cuando ha llevado una situación demasiado lejos, no era la primera vez que lo hacía.
Al día siguiente se rompió la monotonía: vi una R-R-G en la lista que me supo a gloria, y Óscar salió mirando a ver qué le decía. Cuando le felicitamos todos por su proeza se quedó más tranquilo y, por fin, entró en razón. Era lo que necesitaba: romper esa rutina que él solito se había creado en su cabecita, pensando que si no comía no pasaba nada (?). Desde entonces ha aparecido la combinatoria y tenemos de todo: MB, R, y G. Ya sabe que no es necesario que rebañe los platos todos los días, pero hijo: ¡que el comedor cuesta un pastón!
PASANDO, QUE ES GERUNDIO
Todos me lo decían, pero hasta que no lo he vivido en mis propias carnes no me he dado cuenta de esta gran verdad: cambia muchísimo el punto de vista de antes de tener
niños y después.
Qué fácil es criar los hijos ajenos. Y qué bipolares nos volvemos las mamás, que nos comeríamos a besos a nuestros retoños en un arrebato de ternura, y a los dos minutos los dejaríamos abandonados en cualquier esquina... para volver a achucharlos lo más fuerte posible al tercer minuto.
Porque lo que piensa una no-mamá cuando ve a un niño en plena rabieta es que su madre es una incompetente, o bien por no atenderle inmediatamente y que deje de dar la murga a los demás, o bien por haberle dejado que sus anteriores pataletas surtieran efecto, y así está el niño de malcriado.
Una no-mamá puede pensar que para qué saca una madre a sus bebés de meses para ir a la carnicería, si es bien sabido que le van a montar el pollo en estéreo dolby surround más bien pronto que tarde. Y cómo es posible que la mamá deje que sus retoños de dos años den patadas en el banco, o se tiren por el suelo en la frutería. Qué poca formalidad. Y jura y perjura que ella nunca jamás le gritará a su niño enrabietado de tres años, para luego comérselo a besos a los dos minutos para que se calme, que por culpa de madres blandengues está el mundo como está.
La mamá con bebés de meses TIENE que salir de casa. Es una VALIENTE, porque con el baile continuo de tomas-cambiodepañal-vestido-dormir-vueltaaempezar (que parece mentira lo rápido que se dice y lo que se tarda en hacer), sigue adelante con la vida cotidiana. Y si tiene que ir al súper, o a la frutería, o a la carnicería, pues va. Señora no-mamá: los llantos de bebés de meses se montan en casa y fuera de casa, y muchas veces no se sabe de dónde vienen ni cómo atajarlos. Que no siempre es por hambre ni por pañal sucio. Y a mamá le viene muy bien darse una vueltecita y ventilarse; porque si a usted le molesta un llanto de dos minutos, imagínese a esa mamá que los tiene todo el día.
La mamá con niños de entre año y medio y tres años bastante tiene con gestionar las PATALETAS, que son NORMALES a esa edad. Si el pequeño monta un pollo en plena calle y su impávida madre está cerca, no es por dejadez: probablemente está intentando ponerle a raya; esa vez, como es obvio, no ha valido, pero posiblemente haya menos pataletas en el futuro para que otras no-mamás no puedan contemplar ese mismo espectáculo. Si se suelta de la mano al cruzar la calle y la madre pega un grito no es ni por histeria ni porque el niño esté necesariamente malcriado: la mamá está EDUCANDO. Posiblemente, después de la gran reprimenda, el niño no vuelva a cometer jamás esa fechoría.
Y si un crío de tres años da patadas en el banco y mamá no dice nada... lo más seguro es que ya no le queden fuerzas porque no se puede estar todo el tiempo diciendo que NO. Muy posiblemente esa misma mamá le indique más tarde a su retoño que eso NO se hace. Y si ha hecho bien todas las tareas anteriores, lo más seguro es que su nene deje de patear bancos en breve. Y cuando lo haga, la mamá se lo comerá a
besos aunque dos minutos antes le haya pegado una voz de campeonato.
Todos los niños, por buenos que sean, tienen sus momentos de gloria: rabietas, llantos, mal comportamiento... Todas las madres hemos tenido que lidiar con ellos de la mejor manera que sabemos: con una mezcla de firmeza, cariño y, a veces, para qué negarlo, de enfado.
Huelga decir que si veo que la vecina de enfrente le grita sus hijos en todo momento y circunstancia, si no le veo jamás un gesto de cariño, yo misma pensaré que eso no es educación, sino maltrato. Del mismo modo, si otra vecina pasa sistemáticamente de las gamberradas de sus retoños, eso tampoco es educación sino dejadez.
Pero por lo general, en el caso de mamás normales, en la era de lo inmediato, del titular de prensa, de la síntesis extrema, de los tuits, tenemos la tendencia a juzgar a los demás por un solo instante, aunque a esa mamá apurada no la conozcamos de nada y no la volvamos a ver jamás. Y pasa que la educación es una carrera de fondo; lamentablemente, sólo los corredores de fondo solemos tener la empatía suficiente con los demás.
A mí, al principio, me causaban apuro estas situaciones y el qué pensarían los demás, pero con el tiempo me he acordado de lo que decía mi madre: cuando seas padre, comerás huevos. Cuánta razón tenía...
niños y después.
Qué fácil es criar los hijos ajenos. Y qué bipolares nos volvemos las mamás, que nos comeríamos a besos a nuestros retoños en un arrebato de ternura, y a los dos minutos los dejaríamos abandonados en cualquier esquina... para volver a achucharlos lo más fuerte posible al tercer minuto.
Porque lo que piensa una no-mamá cuando ve a un niño en plena rabieta es que su madre es una incompetente, o bien por no atenderle inmediatamente y que deje de dar la murga a los demás, o bien por haberle dejado que sus anteriores pataletas surtieran efecto, y así está el niño de malcriado.
Una no-mamá puede pensar que para qué saca una madre a sus bebés de meses para ir a la carnicería, si es bien sabido que le van a montar el pollo en estéreo dolby surround más bien pronto que tarde. Y cómo es posible que la mamá deje que sus retoños de dos años den patadas en el banco, o se tiren por el suelo en la frutería. Qué poca formalidad. Y jura y perjura que ella nunca jamás le gritará a su niño enrabietado de tres años, para luego comérselo a besos a los dos minutos para que se calme, que por culpa de madres blandengues está el mundo como está.
La mamá con bebés de meses TIENE que salir de casa. Es una VALIENTE, porque con el baile continuo de tomas-cambiodepañal-vestido-dormir-vueltaaempezar (que parece mentira lo rápido que se dice y lo que se tarda en hacer), sigue adelante con la vida cotidiana. Y si tiene que ir al súper, o a la frutería, o a la carnicería, pues va. Señora no-mamá: los llantos de bebés de meses se montan en casa y fuera de casa, y muchas veces no se sabe de dónde vienen ni cómo atajarlos. Que no siempre es por hambre ni por pañal sucio. Y a mamá le viene muy bien darse una vueltecita y ventilarse; porque si a usted le molesta un llanto de dos minutos, imagínese a esa mamá que los tiene todo el día.
La mamá con niños de entre año y medio y tres años bastante tiene con gestionar las PATALETAS, que son NORMALES a esa edad. Si el pequeño monta un pollo en plena calle y su impávida madre está cerca, no es por dejadez: probablemente está intentando ponerle a raya; esa vez, como es obvio, no ha valido, pero posiblemente haya menos pataletas en el futuro para que otras no-mamás no puedan contemplar ese mismo espectáculo. Si se suelta de la mano al cruzar la calle y la madre pega un grito no es ni por histeria ni porque el niño esté necesariamente malcriado: la mamá está EDUCANDO. Posiblemente, después de la gran reprimenda, el niño no vuelva a cometer jamás esa fechoría.
Y si un crío de tres años da patadas en el banco y mamá no dice nada... lo más seguro es que ya no le queden fuerzas porque no se puede estar todo el tiempo diciendo que NO. Muy posiblemente esa misma mamá le indique más tarde a su retoño que eso NO se hace. Y si ha hecho bien todas las tareas anteriores, lo más seguro es que su nene deje de patear bancos en breve. Y cuando lo haga, la mamá se lo comerá a
besos aunque dos minutos antes le haya pegado una voz de campeonato.
Todos los niños, por buenos que sean, tienen sus momentos de gloria: rabietas, llantos, mal comportamiento... Todas las madres hemos tenido que lidiar con ellos de la mejor manera que sabemos: con una mezcla de firmeza, cariño y, a veces, para qué negarlo, de enfado.
Huelga decir que si veo que la vecina de enfrente le grita sus hijos en todo momento y circunstancia, si no le veo jamás un gesto de cariño, yo misma pensaré que eso no es educación, sino maltrato. Del mismo modo, si otra vecina pasa sistemáticamente de las gamberradas de sus retoños, eso tampoco es educación sino dejadez.
Pero por lo general, en el caso de mamás normales, en la era de lo inmediato, del titular de prensa, de la síntesis extrema, de los tuits, tenemos la tendencia a juzgar a los demás por un solo instante, aunque a esa mamá apurada no la conozcamos de nada y no la volvamos a ver jamás. Y pasa que la educación es una carrera de fondo; lamentablemente, sólo los corredores de fondo solemos tener la empatía suficiente con los demás.
A mí, al principio, me causaban apuro estas situaciones y el qué pensarían los demás, pero con el tiempo me he acordado de lo que decía mi madre: cuando seas padre, comerás huevos. Cuánta razón tenía...
miércoles 23 de noviembre de 2011
Lotería de Navidad 2011
Hay que rondar a la suerte como los mozos riojanos rondan a las mozas por esas fechas. Le podemos pedir al Tió catalán que no sea roñica y nos cague el premio por adelantado, y que ayude su hermana la Tronca aragonesa; y que el Olentzero no sea perezoso ni en Euskadi ni en Navarra. El Apalpa Barrigas galleguiño les puede echar un cable con su amigo el Esteru cántabro. Y que el Guirria asturiano no se lleve el premio consigo, que ya lo veo venir...
Yo creo que será más fácil si el Obispillo de Burgos da su beneplácito al son del canto toledano de la Sybila, hermana melliza de la Sibil·la mallorquina; siempre pueden ayudar las zambombas extremeñas. Lo que es seguro es que no pasaremos frío a la lumbre de las fallas navideñas de
Alicante.
Nos va a caer un premio tan gordo que habrá que cargarlo en los camellos de los Reyes Magos. ¿Que dónde los encontramos? Ceuta y Melilla los tienen bastante a mano, y si no, siempre podremos pedir
prestado alguno en Canarias...
Podremos gastar el premio en la Feria Navideña de Murcia; o esperar un poquito y darnos el lujo de pasar la Nochevieja en la Puerta del Sol de Madrid.
¿Y qué pasaría si no tocara? Pues... preparemos un arrastre como en Algeciras para llamar a la buena suerte para el día de Reyes. Que la cosa está muy mala y no se puede perder una oportunidad.
Toñi
jueves 17 de noviembre de 2011
Lotería de Navidad 2011
La gran familia de www.partosmultiples.net
jugamos el mismo número a la lotería de Navidad
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